Hispanidad y Mestizaje

A continuación se expone una selección de pasajes del ensayo del padre Osvaldo Lira titulado “Hispanidad y Mestizaje”, escrito primeramente en 1950, para luego formar parte de un libro recopilatorio de tres ensayos que lleva el mismo nombre, editado el año 1985. Este texto es cortesía de VivaChile.org; en el enlace encontrará una versión resumida.

“Entre las consecuencias más funestas de la guerra mundial de 1939 a 1945, debemos señalar una muy característica que, por no prevista, ha dejado de resultar menos peligrosa para nosotros, los que pensamos y hablamos en español: la de haberle impreso un ritmo vertiginoso al proceso que tiende a hacer del género humano todo entero una sola y única estructura en el orden de las realidades políticas. Es cierto que, lógicamente, todo lo que signifique unión entre los hombres debe ser acogido por los cristianos con extraordinaria simpatía, ya que, en buenas cuentas, no viene a ser más que el medio, el vehículo indispensable, para realizar aquel deseo ardiente de Nuestro Señor Jesucristo, del cual deja constancia en su Evangelio el apóstol San Juan, de que todos seamos uno así como Él y su Padre celestial son también uno. Pero es que la unión verdadera del género humano propugnada por Nuestro Señor no tiene nada que ver, por desgracia, con la que están intentando llevar a cabo, ante la angustia y las zozobras del mundo entero, esas mentes desconcertadas que son los actuales dirigentes de la política internacional. Porque la unión verdadera de todos los hombres debe hallarse fundada naturalmente en ese vinculum perfectionis de que nos habla San Pablo, y que, según lo deja entender claramente el ya citado texto de San Juan, es la virtud teologal de la caridad; mientras que la que se está intentando actualmente llevar a cabo no reconoce otra razón de ser sino la fuerza. La unión que pedía Nuestro Señor debía encaminarse única y exclusivamente al perfeccionamiento verdadero de todos y cada uno de los individuos del género humano, mientras que lo que ahora se desea y se procura no es más que el predominio universal; es decir, la consagración definitiva de un estado de cosas en el cual y por el cual un grupo de hombres o de estructuras políticas extremadamente reducido quiere llegar a manejar en provecho propio todas las naciones de la tierra, sin tomar en cuenta para nada los derechos propiamente nacionales inherentes a cada cual”.

“De este modo, la entidad nacional, considerada en su propia razón específica, va corriendo el gravísimo peligro de verse suplantada por un internacionalismo anónimo y despiadado en su afán nivelador […]. Los pueblos hispánicos se encuentran dominados en la mayoría de los casos –y ésta es su mayor desgracia- por corrientes ideológicas y regímenes políticos interesados por igual en ahogar la voz de la raza, para hacer predominar sobre ellos ciertos y determinados valores que, si considerados en sí mismos pueden ser dignos de respeto, provocan a repulsa categórica cuando se les quiere convertir en instrumentos de desnacionalización e imperialismo. Por eso, dichos pueblos, salvo honrosas y contadas excepciones, sólo se mueven hoy día al compás de los objetivos de la gran República norteamericana”.

“Es esto –decimos- nuestra mayor desgracia, porque en las actuales circunstancias, el abandono de nuestro peculiar destino histórico va adquiriendo los caracteres de una verdadera traición a la Humanidad. Siempre resulta peligroso, para un interesado cualquiera, desperdiciar las ocasiones que se le presentan de realizar sus propósitos, porque no puede estar seguro de que vuelvan éstos a hallarse al alcance de su mano; pero en nuestro caso, además de peligroso, podemos calificarlo de suicida. No nos hagamos ilusiones. Si no conseguimos hacer madurar nuestra unidad antes de que las demás constelaciones raciales hayan consolidado definitivamente la suya, estamos perdidos. Entonces será cuando los poderes políticos y económicos interesados en utilizarnos como dóciles instrumentos de su intención dominadora, redoblarán incansables sus esfuerzos para impedir nuestra unión, y privarnos, así, de toda capacidad de resistencia. Lo más grave del caso es que cuentan con cómplices en nuestro propio campo. Porque en nuestra marcha hacia la unidad –la cual, a pesar de todo, podemos dichosamente ya dar por comenzada- se nos ha venido a atravesar un grupo de enemigos con el cual no contábamos; elementos díscolos que con sus procedimientos poco nobles han venido a demostrar la razón profunda que tuvo Nuestro Señor al proclamar como adversarios típicos del hombre los que respecto de él son sus domésticos; es decir; los de su propia casa. Son, en nuestro caso, los que se empeñan en desconocer la unidad indiscutible de los pueblos hispánicos en nombre de argumentos tan infundados como el de que, en su estructuración, han intervenido una serie de elementos étnicos variados que no tienen nada que ver con los españoles. Tales infundios no se pueden dejar sin respuesta porque van dirigidos contra nuestra misma existencia histórica. Para la nación, como para la planta, arrancarla de sus raíces significa necesariamente y a corto plazo la muerte”.

I. CONDICIÓN ONTOLÓGICA DE LA NACIÓN

Realidad de la esencia de la Nación

“La nación, como realidad que es, posee su propia esencia. Sólo que esta esencia no puede equipararse de ninguna manera a la de la persona individual, a pesar de que venga a coincidir con ella en el hecho escueto de su duración o permanencia en el ser. Es que la esencia de la persona individual es de tipo entitativo físico, mientras que la de la nación –contra lo que creyeron Rousseau y Hegel- es tan sólo de tipo moral, e incapaz, por consiguiente, de cobrar cuerpo tangible y subsistir, como no sea en los individuos mismos que la componen. Esta salvedad la hacemos porque la nación considerada en su entidad integral –como id quod que dicen los escolásticos, y no en su pura y abstracta razón formal- no se puede equiparar sin más a un simple accidente. Su forma constitutiva, considerada reduplicativamente como tal, sí que es un accidente en cuanto la noción de accidente implica la carencia de bases ontológicas propias; pero su entidad concreta participa, aun cuando sólo de modo indirecto, de la subsistencia de los individuos que la componen”.

“A diferencia de la persona individual humana, cuya existencia se diferencia claramente de sus propiedades u operaciones vitales (así, no decimos que el hombre es, sino que tiene inteligencia), en el caso de la nación, “sus mismos elementos constitutivos son de categoría accidental, o sea, que no son capaces de existir en sí mismos, no son capaces de subsistir […], desde que la actividad humana del hombre –es decir, aquélla que procede inmediatamente de su entendimiento conjugado con su libre albedrío- sólo puede dar vida y consistencia a realidades cuyo único modo de ser es la inherencia. De aquí resulta que la diferencia entre elementos constitutivos y consecutivos […] queda notablemente aminorada en el caso de la sociedad civil por comparación con lo que sucede en la persona individual, hasta el punto de que, en aquélla, se abre amplio margen a toda suerte de vacilaciones por parte de los que quieren fijar lo que realmente debe considerarse como esencial en su estructura”.

“La consecuencia cae de su peso. Al contrario de lo que sucede en la persona individual, la esencia de la nación se halla sometida a posibles fluctuaciones capaces de hacerle cambiar, llegado el caso, su verdadera y específica fisonomía”. […] En el caso de la nación, “su esencia no es una substancia, sino una cualidad […]. De esta suerte podemos afirmar a priori respecto de ella que es susceptible de intensificación y relajación, conclusión que se ve ampliamente confirmada por la Historia.” Por lo mismo, afirma el padre Lira que “es absolutamente necesario que la comunidad nacional sea objeto de mil y mil cuidados incesantes y solícitos por parte de todos sus hijos, sin excepción, para lo cual se requieren dos condiciones fundamentales: la primera, conocimiento, y la segunda, voluntad de cooperación. Desde luego, el conocimiento; pero un conocimiento no del tipo que podríamos llamar sentimental, sino de tipo racional. Un conocimiento, en otras palabras, que se halle fundado en el análisis concienzudo de los valores patrios y también de las deficiencias patrias, y no en la base, tan inconsistente como chabacana, de los prejuicios patrioteros, tan funestos para la marcha normal de una nación y que tanto ha impedido la unión de los pueblos hispánicos en un organismo que, en su precisa condición de tal, habría podido dejar, o más bien, habría dejado subsistentes todas las idiosincrasias nacionales. Esta es la única y exclusiva manera de practicar efectivamente el patriotismo, el cual, a su vez, no es más que la aplicación, al orden de los valores nacionales, de la virtud teologal de la caridad. El cristiano, en cuanto cristiano, se halla más obligado que nadie a ser patriota. […] El conocimiento de los valores patrios es necesario, pero no suficiente; la voluntad de cooperación es su consecuencia, o si se prefiere, su complemento lógico y normal, tal como en el caso de una enfermedad, o, más bien, de un enfermo individual, al diagnóstico debe seguir la terapéutica adecuada, puesto que, por depender de la actividad humana, no dejan nunca de presentar siquiera algún leve signo de dolencia las comunidades nacionales”.

“De aquí resulta que, de las dos verificaciones que se ofrecen a toda realidad creada –la sustancial y la accidental-, la verificación accidental o sucesiva adquiere una importancia mucho mayor que para el individuo, para la comunidad nacional, hasta el punto de que su precisa permanencia en el ser depende de ella. […] Ese es el alcance de la profunda definición que da Vázquez de Mella de la comunidad nacional cuando la califica como un todo sucesivo. Sí. La esencia misma de la nación se encuentra sometida a sucesión. Su propia verificación esencial resulta, bajo su aspecto reductivamente ontológico, accidental y sucesiva, de suerte que, para obtener un concepto adecuado acerca de ella, no queda más salida que considerarla en su despliegue integral a lo largo de la Historia. Es esta circunstancia la que se hallan empeñados en menospreciar e incluso en olvidar todos aquéllos que, con espíritu alegre y confiado, creen posible, e incluso beneficioso para una nación, infundirle valores espirituales que podrían dar al traste con aquellos otros en los cuales se encuentra como fraguada y fijada en sus rasgos esenciales su fisonomía espiritual”.

Elementos constitutivos de la esencia de la Nación

“Entrando ahora a analizar sus elementos constitutivos, la nación, lo mismo que la persona individual humana, ha de constar de alma y cuerpo; lo mismo también que la persona individual humana, su elemento especificador, la raíz y razón justificativa de todas sus perfecciones, ha de ser el alma. Sí. Toda nación ha de tener un alma, y es esta alma, precisamente, lo que ha de explicar de manera exclusiva su unidad, su carácter orgánico u organizado, así como su permanencia o perduración en el propio ser histórico”.

“Sucede con el alma de la nación lo que con el alma –llamémosla así- de una obra de arte: en ambos casos, lo que es forma o principio animador y perfectivo propio queda supeditado, a los ojos del vulgo, a la subsistencia y al carácter compacto de los elementos materiales. Pero, ante las miradas no vulgares, siempre será lo más importante de la nación su alma; es decir, aquello que denominó José Antonio, en frase insustituible, unidad de destino en lo universal.”

Con respecto al cuerpo nacional, el padre Osvaldo Lira distingue entre el cuerpo inmediato y el mediato: “El cuerpo inmediato está constituido por todo el conjunto de las diferentes actividades de las cuales ha llegado a arrancar esa unidad de destino que es el alma nacional; el cuerpo mediato, en cambio, lo integran las sumas de individuos en los cuales van arraigadas todas esas actividades como en su propio sujeto de inherencia. […] La nación será lo que sean las acciones en que encuentra su origen y su perduración, así como las acciones que la engendren y hagan perdurar serán, a su vez, lo que sean las personas que las desarrollen o que las padezcan. Por eso es por lo que, en último término, la nación será lo que sean sus hijos”.

“Este cuerpo nacional puede presentarse en condiciones muy diversas por lo que se refiere a los elementos raciales de que está compuesto, aun cuando todas ellas pueden reducirse en definitiva a dos tipos fundamentales: la pureza étnica y el mestizaje. A este propósito no estará demás observar que la pureza étnica viene a cobrar casi, a través de treinta o cuarenta siglos de historia, la categoría de un puro y simple mito. […] Teniendo en cuenta las innumerables transmigraciones de pueblos de que nos da noticias más o menos exactas la Historia, podemos dar por sentado que hoy día no existe pueblo alguno que pueda vanagloriarse de pureza racial. […] Concluye el padre Lira que “cuanto más entremezclada se encuentra una raza, tanto mayor será su complejidad y su riqueza, porque cada uno de sus elementos constituyentes habrá ido a dejar en ella su sedimento de defectos y virtudes. Por eso creemos que no se debe a pura casualidad el que la más mezclada racialmente de todas las naciones europeas haya sido la que ha realizado la obra de mayor trascendencia y envergadura en el orden de la civilización y de la cultura respecto de las razas inferiores, mientras que las que más han alardeado de pureza no puedan presentar el más pequeño título, en este sentido, al agradecimiento del género humano”.

Para enjuiciar rectamente la esencia de una nación, el padre Osvaldo indica dos elementos de juicio: por una parte, atender a la época de nacimiento de una nación, es decir, a la época en que empieza a tener vida independiente, refiriéndose no a una independencia política, sino a la independencia nacional, que no necesariamente coinciden. En segundo lugar, recurrir, como base de comparación, “a la época en que la nación cuyos valores esenciales se trata de averiguar haya dejado impresa su huella de modo más intenso en la historia universal, porque es en esos precisos momentos cuando pueden apreciarse sus valores peculiares con mayor claridad, ya que, aun en el caso de que haya existido por su parte cierta asimilación de valores extranjeros –como lo vemos en la España áurea, por ejemplo-, no se ha llegado a la sumisión o a la configuración extranjerizante de la fisonomía nacional. Todo lo contrario; es la propia comunidad nacional en cuestión la que ha llegado a configurar en cierta medida y en provecho propio la historia universal. Conseguido este propósito, hay que ejecutar, a partir del momento culminante que hemos logrado localizar, un doble movimiento; uno de regresión, que ha de remontarse en el pasado en tanto en cuanto encontremos en vigencia los valores que han impuesto su sello a la fisonomía nacional, y otro de avance hasta nuestros días como una especie de contraprueba”.

II. ELEMENTOS CONSTITUTIVOS DE LAS NACIONES HISPANOAMERICANAS

Españoles e indígenas

“Lo primero que salta a la vista en el caso de las repúblicas hispanoamericanas es que son naciones mestizas, con un mestizaje que ha resultado de la confluencia en el suelo americano de numerosas formas de cultura de todo color y nivel de civilización. Naturalmente que al hablar ahora de mestizaje no pretendemos simplemente referirnos al hecho escueto de la entremezcla de razas, porque entonces no habríamos dicho nada. No hay nación en el mundo, en efecto, que a estas alturas de la Historia no sea una nación mezclada. […] El mestizaje propiamente dicho es aquél en que se da cierto desequilibrio racial; aquél en que existe una raza, o, si se encuentra demasiado biológico el término de raza, una forma de cultura que desde el principio se mostró superior a todas las demás. Y es éste en realidad, el caso al cual la estimación común de los mortales aplica el concepto estricto de mestizaje. A nadie se le ocurriría decir, hablando en serio, que Inglaterra, Francia o Alemania, por ejemplo, son naciones mestizas; en cambio, sí se dice que lo son México o Perú, Bolivia o Paraguay. Porque, dígase lo que se quiera, el uso le ha dado cierto matiz peyorativo, incluso por parte de aquellos mismos que se empeñan en proclamar, con bastante razón por lo demás, que tanto vale un mestizo como uno que sea puro desde el punto de vista racial. No se quiera ver aquí un prurito nivelador que en realidad se halla muy lejos de nuestro propósito. Los españoles en América se enfrentaron con toda clase de pueblos […]. Sin embargo, la esencia de la situación no llegó a variar sustancialmente, porque tanto los caribes como los aztecas o los incas –para enlazar en la comparación los dos extremos de la serie- coincidían en el punto fundamentalísimo de ignorar por igual el conjunto de valores eternos de que, por condición connatural, es portador necesario la persona humana. De aquí se deduce que la eficacia política de semejantes organismos tenía que mostrarse del todo insuficiente a partir del instante mismo en que se enfrentaran con cualquier tipo de verdadera civilización; porque no es posible que pueda subsistir normalmente dominio alguno en el orden de las realidades colectivas sin que medie el respeto, por parte de la autoridad, a los derechos que los súbditos, por la suya, están resueltos a hacer respetar. Ésta es, en cierto sentido, la razón por la cual ni la misma estructura política romana –la más perfecta, sin disputa, que concibió el hombre privado de las luces sobrenaturales de la Revelación- pudo subsistir ante el empuje arrollador de los nuevos tiempos que el Cristianismo venía a inaugurar sobre la faz de la tierra”.

“Esta es la razón, también, del margen enorme de superioridad de que pudo disponer siempre la forma cultural española frente a las masas de la población indoamericana, de lo cual podemos deducir una consecuencia inesperada para muchos. En efecto, cuando dos influjos extremadamente dispares por su intensidad llegan a enfrentarse, el que sea o se manifieste menos vigoroso vendrá a quedar frente a su rival en una situación comparativamente pasiva, muy semejante a la del mármol frente a la actividad creadora del escultor. […] Pues bien, esa fue, desde el primer momento, la posición ocupada por las seudoculturas indoamericanas frente a la cultura española. Su enorme inferioridad comparativa hizo que la reacción con que no pudieron menos de responder a la acción española fuese tan débil que, desde el primer momento también, vino a asemejarse a la resistencia pasiva del mármol frente al cincel del escultor. Los indoamericanos no impusieron rumbos a los españoles, sino que tan sólo les ofrecieron ciertas y determinadas condiciones de trabajo. Inútilmente buscaríamos, en efecto, un solo valor fundamental de la cultura española abandonado por los virreyes o por las demás autoridades establecidas por España en América; en vano buscaríamos también algún valor fundamental y privativo de la cultura azteca o de la de los incas que haya venido a figurar como principio orientador, y no solamente como rémora, en las culturas mexicana o peruana, respectivamente. Limitar no es lo mismo que impulsar. El límite viene de fuera; el impulso viene de dentro. El que limita deja cierto número de posibilidades más o menos amplio; el que impulsa, en el orden y medida mismos en que impulsa, señala –más aún, impone- cierta dirección determinada y única, con exclusión de todas las demás. Ese es el error fundamental de los indigenistas […]: el de no analizar, el de no situar, el de confundirlo todo. No basta la simple verificación de que los elementos indígenas han contribuido a la génesis y estructuración de las naciones hispanoamericanas; porque, primero, en eso estamos de acuerdo todos, y luego, porque si se quiere demostrar con eso que aquellas naciones son indoamericanas con exclusión de todo elemento racial o cultural español, nosotros podríamos, con igual derecho –por lo menos-, forzar la nota española, rechazar el hecho de la injerencia o intervención indígena y proclamar que los hispanoamericanos son simplemente españoles. No basta por eso –según acabamos de decirlo-con comprobar, con verificar. Es preciso, además, aquilatar, valorar, según vamos haciendo nosotros en el curso de este trabajo”.

“Con lo dicho basta para demostrar que, en la génesis y estructuración de la cultura hispanoamericana, la cultura española ha desempeñado desde un principio una misión perfectamente análoga a la que en el compuesto humano desempeña la forma sustancial; es decir, la de constituir la razón última intrínseca y la raíz propia de todas sus perfecciones”.

Españoles y europeos

Ciertos sectores espirituales hispanoamericanos han proclamado “que el concepto de la Hispanidad no corresponde en absoluto a la verdad histórica, y que, con el mismo derecho podríamos hablar de galicidad o de italidad, porque en la constitución espiritual de las naciones hispanoamericanas han intervenido “tanto o más” (sic) que los valores españoles, los valores franceses o italianos”.

“Nuestra respuesta ha de ser, naturalmente, negativa. […] La razón es obvia. Los valores franceses e italianos no han dispuesto jamás, frente a los valores españoles, del margen de decisiva superioridad de que éstos siempre y por doquiera pudieron disponer frente a los indígenas.”

“La razón decisiva por la cual la cultura española pudo actuar como elemento determinante o formal de la cultura hispanoamericana fue, en buenas cuentas, su espíritu cristiano. No pretendemos con esto hacer del cristianismo un elemento integrante de ninguna cultura, porque sabemos de sobre que su trascendencia sobrenatural se lo impide […]. Pero si no puede ser elemento integrante de una cultura, puede ser -e incluso debe ser-, respecto de ella, principio determinante trascendente. […] Ninguna forma de cultura extracristiana ha llegado a concebir, remotamente siquiera, las verdades especulativas y prácticas del Derecho natural. Esto resulta tan cierto en el caso de la refinadísima civilización grecorromana como en el de la barbarie azteca. Eso fue lo que la Iglesia logró infundir en el seno social del Imperio romano, como lo que los españoles llevaron a América”.

Con todo, esto no quiere decir que se niegue cierta influencia europea en la constitución de las naciones hispanoamericanas. Los elementos europeos no españoles son análogos, en el análisis del padre Lira, a las formas accidentales que inhieren en la substancia compuesta. “Esto es, en realidad, lo que resume la fisonomía espiritual hispanoamericana: materia prima indígena, forma cuasisustancial española, formas cuasiaccidentales europeas extraespañolas. Como conclusión, puesto que la inscripción en una especie, así como las perfecciones privativas de una realidad, arrancan todas de la forma sustancial, podemos formular la homogeneidad esencial de la cultura hispanoamericana con la cultura española diciendo que todas y cada una de las perfecciones que encerrare la cultura hispanoamericana ha de dimanar exclusivamente, como de su primer principio esencial intrínseco, de la cultura española”.

III. ROMA Y ESPAÑA

El padre Osvaldo Lira pone de relieve, y de manera impecable, que la empresa llevada a cabo por España en América es decisivamente superior a la llevada a cabo por el Imperio Romano en los países del Mediterráneo. “Basta, para comprenderlo, considerar la índole de algunos de aquellos valores [de Roma] para darnos cuenta de que, por ninguna parte, es posible descubrir en ellos el más pequeño signo de trascendencia verdadera. Los valores trasfundidos, en cambio, por España al Nuevo Mundo eran, en lo que respecta al clima en que se desarrollaron, absolutamente trascendentes, porque se identificaban –si eran de tipo religioso- o venían a coincidir en parte –si, por el contrario, pertenecían al orden de las realidades humanas- con los valores estrictamente sobrenaturales de la Revelación.” La pax romana “fue la gran aportación de la Ciudad por excelencia al mundo político de la Antigüedad. Con ello le dio todo lo que pudo, porque no pudo darle más. La culpa no fue de Roma, sino de la ignorancia en que ésta se halló, al constituir su Imperio, respecto de los valores cuyo conjunto constituye el depósito inapreciable de la Revelación.”

“Es esta superioridad incalculable por parte de España sobre Roma lo que había de hacer de la gran empresa colonizadora de España en América un fenómeno mucho más decisivamente dominador o dominante que la romanización del Occidente europeo. En otras palabras: que España se reveló mucho más formal para los indoamericanos que lo fue Roma para los pobladores primitivos de las regiones europeo occidentales de su Imperio.”

“Parece que estamos oyendo la objeción: Si la cultura española, al igual de todas las que se han desarrollado al calor de las condiciones de clima espiritual creadas por el Cristianismo se muestra y es de suyo, efectivamente, imposible de verse superada, ¿cómo es que los valores de las culturas europeas –italiana y francesa en especial- han logrado desvirtuar en cierto modo los primitivos valores nacionales hispanoamericanos? […] No debemos olvidar que las naciones hispanoamericanas han ido experimentando en el transcurso de su vida independiente un hondo proceso de descristianización que, si, en sus rasgos fundamentales, no ha diferido esencialmente del que han ido sufriendo las naciones europeas católicas como España, Francia e Italia, ha sido mucho más eficaz y desastroso en sus consecuencias. Es que las reservas espirituales de Hispanoamérica son incomparablemente más débiles que las de las naciones europeo occidentales. No hay que olvidar que el Cristianismo es un hábito, por cuya razón tiene que hallarse mucho más arraigado en aquellas regiones en las cuales se viene practicando y reengendrando desde hace veinte siglos que en regiones donde todavía no lleva más de cuatro de existencia normal. El Cristianismo europeo ha llegado, desde hace ya mucho tiempo, a su plena madurez, mientras que el hispanoamericano se encuentra todavía luchando con las desorientaciones e incertidumbres de la juventud. No es de extrañar entonces que hagan más mella en él los asaltos del anticristianismo, por más que también se encuentran allí reservas espirituales que de ningún modo se pueden despreciar”.

“Con una nación cristiana ya desnacionalizada en cierto modo –si es que puede desnacionalizarse sin haberse descristianizado previamente-, sí que podrá entrar una cultura cualquiera a operar en ella y con ella como operaría con una masa racial indiferenciada; fenómeno que, por desgracia, se está dando en nuestros días con una frecuencia tanto más intranquilizadora cuanto que, no obstante lo que nos va en ello a todos los cristianos, no nos logra hacer salir de la indiferencia suicida en que nos hallamos.”

IV. RESOLUCIONES PRÁCTICAS

“Del mismo modo que la galicidad o la italicidad no son ni podrán ser otra cosa que modos particulares de vivir la Latinidad, así tampoco la chilenidad o la argentinidad, o uno cualquiera de los restantes conceptos análogos relativos a las naciones hispanoamericanas, podría ser otra cosa más que el modo peculiar con que cada una de ellas vive o debiera vivir, a lo menos, la Hispanidad. Si no nos mantenemos en conexión ininterrumpida con la fuente de nuestro ser histórico, podremos concebir de antemano –sin lugar a equivocaciones, por desgracia- la suerte que nos espera. En vez de la plenitud de madurez a que habríamos tenido derecho por la tradición de los tiempos en que fuimos reinos integrantes del Imperio español, y la de los primeros años de vida autónoma, sólo podremos recoger, como fruto de nuestra desorientación y nuestra incuria, un desvanecimiento absoluto de nuestras esencias nacionales. Es decir, una situación amorfa en la cual concluyan de naufragar todos los valores que nos han dado el ser. Y es un hecho que este peligro, la inmensa mayoría de los hispanoamericanos que deberían verlo no lo ven.”

Ignoti nulla cupido. Esa es la tragedia del mundo hispánico. No concluimos todavía de superar esa ignorancia espesa para con nuestros valores raciales, mantenida y robustecida por los manejos inteligentes de nuestros enemigos históricos, confabulados con los enemigos domésticos de nuestra causa. Y claro está que, mientras no conozcamos esos valores, no podremos amarlos, ni, por consiguiente, podremos tampoco procurar eficazmente mantenerlos en vigor. Lo cual resulta tanto más grave cuanto que esa vigencia se identifica con el ser mismo de una nación.”

De esta misma ignorancia de los valores propios, proviene aquella sobrevaloración desmesurada de los valores extranjeros, tan frecuente en las actuales naciones hispanoamericanas. Por estas razones, es que el padre Lira llega a decir que “la obligación más urgente para nosotros es el conocimiento de nuestra historia. Pero no hablemos ahora de ese conocimiento minucioso y detallista que va cogiendo cada hecho concreto para estudiarlo solamente en su pura entidad material, sino de un conocimiento verdaderamente histórico, en el cual cada uno de los fenómenos van poco a poco estructurando la vida de una nación constituya un punto de referencia para captar el espíritu o la esencia de dicha comunidad nacional. Tal vez en ningún orden de cosas ha de necesitarse limpiar tan cuidadosamente la mirada como en la empresa de aquilatar los aciertos y errores, las grandezas y desventuras, de la marcha histórica de una nación. En ninguna, tampoco, se deja sentir con mayor urgencia la necesidad de rectificar opiniones y, por consiguiente, de proveernos de buenos elementos de juicio. La hora actual, por su parte, se nos presenta extremadamente favorable, porque aquellos mitos que tanto entusiasmaron a nuestros abuelos y que hoy día parecen entusiasmar todavía a numerosos sectores de opinión en todas las naciones –lo cual tal vez se debe a que nuestros abuelos están perteneciendo aún, de modo anómalo, al mundo de los vivos- se encuentran en franca liquidación. Las apariencias, todavía, parecen sostenerse. Dentro de muy poco, empero, las apariencias no podrán ya sostenerse. Será entonces cuando podamos contemplar, inmunizados ya contra todo afán malsano de novedad, al margen de la sedicente democracia moderna, en qué ha ido a parar tanta belleza. Sabemos ya lo que es la democracia comunista. Estamos ya a punto de contemplar las cenizas del árbol de la democracia inglesa. No tardaremos en tener noticias de los restos de lo que deberemos llamar –a falta de otro término- democracia norteamericana, suponiendo, naturalmente, que dichos regímenes hayan revestido alguna vez los caracteres de una verdadera democracia, lo cual, para nosotros, resulta muy dudoso. Pues bien, cuando todo lo que está aconteciendo en este sentido acabe de acontecer, será el momento en que llegue a imponerse, esplendorosa, la verdad indefectible de los valores españoles”.

Osvaldo Lira, SS.CC.


Cortesía de VivaChile.org.
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