
Acerca de la Asociación
Sacerdos in aeternum
Una reseña biográfica del Rev. P. Osvaldo Lira, ss.cc.
El Padre Osvaldo Lira constituye una de las personalidades más grandes de la Historia de Chile. Es el filósofo más importante, de categoría universal, que ha tenido nuestro país. Es el tomista de habla hispana que ha entendido con mayor exactitud la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Un hombre de una memoria privilegiada. Era capaz de citar a Santo Tomás de Aquino de memoria, los pasajes exactos, y de recordar hechos de su vida con lujo de detalles, lugares, fechas, hora y hasta el santoral del día.
El Padre Osvaldo fue también un maestro, con todo lo que significa esto. Inteligente, apasionado por el estudio y entusiasta. Se ganaba con facilidad la amistad y el cariño de sus alumnos, incluso de aquellos que se oponían férreamente a asentir sus enseñanzas, los más rehaceos.
Es un hombre absolutamente profundo, y al mismo tiempo lúdico y alegre. El Padre Osvaldo no abandonó nunca su carácter sobrenatural, otorgado desde su ordenación. Hizo de su sacerdocio un apostolado permanente. Y no dejó de apreciar ningún, absolutamente ningún, elemento de su vida, de manera sobrenatural, in persona Christi. Era un hombre sobrenatural. Su magisterio se reparte entre sus obras escritas y sus enseñanzas –o más bien conversaciones o reuniones, la mayor parte de ellas en su propia casa- Su obra escrita se condensa en alrededor de 10 libros publicados, más de 50 artículos en revistas españolas, chilenas, argentinas, entre otras partes del mundo. Pero sin embargo, esta obra escrita representa, según sus discípulos cuentan, sólo la punta del iceberg de un magisterio inmenso, no tanto por su extensión como por cuanto su profundidad.
No enseño nunca cosa alguna sin haberlo pensado mucho anteriormente. Cada palabra que dirigió a sus discípulos estaban llenas de reflexión, de una reflexión profunda, no sólo de una inteligencia sobresaliente, sino que también auxiliada por una inmensa compenetración con el Evangelio, y enriquecida por la enorme reflexión de Santo Tomás y por la sólida tradición de la Iglesia Católica. Cuando hablaba, hablaba no sólo el hombre, sino que, detrás suyo, la Tradición, el Magisterio y la asistencia de la gracia que acompaña a todo sacerdote de Cristo. Toda su enseñanza estaba fundada en una oración permanente, en la renovación del Sacrificio de la Cruz que realizaba todos los días en su casa y en un ascético comportamiento frente a la vida.
Es por esta razón que para describir al Padre Lira, vamos a utilizar sus mismas palabras, tomadas de entrevistas que dio a diferentes medios de comunicación, periódicos, o frases que sus mismos discípulos han guardado en su memoria y en sus corazones.
Luis Osvaldo Lira Pérez, nació el 11 de Febrero de 1904. Ese mismo día fue bautizado en la Parroquia Santa Ana, hecho que para él significaba algo sobrenatural, pues repetía con orgullo que ese día había nacido a las dos vidas, a la vida temporal y la vida de la gracia.
Fue criado en una familia donde el catolicismo no sólo se predicaba, sino también donde se practicaba. Su padre, don Luis Lira Luco, era tesorero de una institución que administraba hospitales y asilos. Su madre, doña María Cristina Pérez Valdés, le transmitió el valor de la piedad y la importancia de la coherencia entre su credo y su vida.
Hizo su Primera Comunión en la Gruta de Lourdes, el 8 de Diciembre de 1911. Con alegría recodaba este magno acontecimiento: “Cuando yo tenia 7 años, y la hice entre mi padre y mi madre. Los tres comulgamos juntos” Se educó en el colegio de los Sagrados Corazones (Ordinariamente llamados “Padres Franceses”), donde deslumbró por su inteligencia a temprana edad siendo siempre el primer alumno de la clase.
Su vocación fue descubierta en su propia casa. Fue despertada en su familia, cuando sólo tenía 15 años, y cursaba 5º año de Humanidades. Sus padres pensaban que lo correcto era que fuese a la Universidad, y así, además, madurar más su vocación.
Así lo hizo. A los 16 años entró a la universidad, estudió un año de Derecho y otro año de Ingeniería en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Pero su llamado irrumpió en medio de sus estudios, y sin más Consagró su vida a la congregación de los Sagrados Corazones, entrando el Noviciado el año 1922, a sus 18 años. En su paso por el noviciado, nuevamente sobresalió por su inteligencia. Fue allí donde conoció la filosofía de Santo Tomás de Aquino, de la bebería durante toda su vida intelectual, como filósofo y como teólogo.
A los 24 años, 6 años después de ingresar al Noviciado, recibe la ordenación sacerdotal. Con este hecho se sintetizó lo que se había anunciado toda su infancia y adolescencia: la unidad de la vida natural con la vida sobrenatural.
Como sacerdote intentó incansablemente ser alter Christus. Fue un gran instrumento de conversión entre sus mismos alumnos, amigos, y personas cercanas a él. Un gran promotor de la vida sacramental. El Bautismo significaba para él una misión. La Renovación del Sacrificio de Cristo acaparaba gran parte de su celo apostólico. Dirigía grupos de formación en su propia casa, lectura espiritual –especialmente poesía mística, San Juan de la Cruz y la Sagrada Escritura, además de grupos de estudio de la filosofía de Santo Tomás de Aquino-. Otro hecho crucial en la vida del Padre Osvaldo fue España. Fue un gran defensor del tradicionalismo hispánico, el que conoció en su primer viaje a España. Allá vivió 12 años, de los que el mismo Padre señala: “allá me encontré a mi mismo, y pasé –sin hostilidades- los mejores años de mi vida”, conoció a diversas personalidades del mundo intelectual, pero fundamentalmente la obra de Vázquez de Mella, de quién conoció la filosofía política.
A su regreso a Chile vuelve a Valparaíso, haciendo clases de Derecho y Filosofía, hasta que en 1957 ingresó como profesor a la Universidad Católica de Santiago, en la que más tarde dictaría clases de Metafísica (Ontología), y Estética. Fue un gran profesor, amigo de sus alumnos, pero sobre todo, un gran maestro.
Su pensamiento filosófico puede resumirse en dos vertientes, una proveniente de la filosofía teorética y otra de la filosofía práctica: la metafísica y la filosofía política. La primera, desde luego de la mano de Santo Tomás de Aquino, la segunda, de la tradición política que recoge Vázquez de Mella.
Con respecto al tomismo, el Padre se definía como: “desesperada y exasperadamente tomista”, y lo hacía por dos razones: 1) por que la autoridad de Santo Tomás procede de la Santa Sede y 2) porque el tomismo da respuesta a todas las preguntas que una persona puede tener durante toda su vida; y se puede extender una tercera, y es que el tomismo es la única filosofía que puede vivirse plenamente y al mismo tiempo ser plenamente persona. No así con otras filosofías. Y el Padre increpaba a comprobarlo mediante el siguiente ejemplo: preguntarle a un kantiano que esté conversando con otra persona, si realmente cree que esa persona, su interlocutor, es una forma sintética a priori suya. Culminaba diciendo que la filosofía no es una simple pirueta intelectual.
Tuvo un accidente de tránsito. Un choque, en el que viajaba de copiloto, del que salio herido sin mayor gravedad. Pero sufría de diabetes, la que se agudizó hacia el final de su vida. Fue llamado a la presencia de Dios el 20 de Diciembre de 1996, a los 92 años de edad.
El Padre Lira fue un hombre sobrenatural. Por esa razón fue un hombre incomprensible para muchos hombres materialistas, y para otros no tanto. Porque el Padre Osvaldo fue un hombre polémico, intenso e impulsivo. Al final de su vida él mismo sostuvo: “uno puede arrepentirse de haber hablado, pero nunca de haber callado”, y reconoció que muchas veces faltó a la prudencia en pro de la verdad, pero que después de largas reflexiones, y de contemplar su propia vida, sostuvo que pese a que la verdad no se tranza jamás, muchas veces conviene callar, para no herir susceptibilidades de aquellos que aún no admiran la valentía como debe ser.
Fue un hombre profundamente obediente, pero con esa obediencia de aquél hijo del Evangelio, que le dijo a su Padre que no iba a ir a revisar la viña y sin embargo fue. Discrepó, pero nunca se reveló, por ejemplo, contra la autoridad eclesiástica. No escondió nunca su enemiga al Concilio Vaticano II. Decía que aquello que no era dogma, había que borrarlo de un plumazo, porque lo podría haber escrito el más “pintado” de los liberales. Con respecto a la Misa, que era donde más habían dificultades interpretativas para él, decía que “el rito juega un papel fundamental en la vida del cristiano”, y por eso celebró la Misa Tridentina en su casa particular todos los días de su vida. Su amor por la lengua latina, por el uso de la sotana, por la música sacra, por el resguardo de los signos tradicionales se fundamentaban en una simple frase, pero llena de significado: “a nosotros [los hombres] la grandeza nos entra por los ojos”, a la que se le puede añadir: “no somos espíritus, somos espirituales, que son cosas muy distintas”.
Una reseña biográfica del Rev. P. Osvaldo Lira, ss.cc.
“A nosotros la grandeza nos entra por los ojos.”
El Padre Osvaldo Lira constituye una de las personalidades más grandes de la Historia de Chile. Es el filósofo más importante, de categoría universal, que ha tenido nuestro país. Es el tomista de habla hispana que ha entendido con mayor exactitud la filosofía de Santo Tomás de Aquino. Un hombre de una memoria privilegiada. Era capaz de citar a Santo Tomás de Aquino de memoria, los pasajes exactos, y de recordar hechos de su vida con lujo de detalles, lugares, fechas, hora y hasta el santoral del día.
El Padre Osvaldo fue también un maestro, con todo lo que significa esto. Inteligente, apasionado por el estudio y entusiasta. Se ganaba con facilidad la amistad y el cariño de sus alumnos, incluso de aquellos que se oponían férreamente a asentir sus enseñanzas, los más rehaceos.
Es un hombre absolutamente profundo, y al mismo tiempo lúdico y alegre. El Padre Osvaldo no abandonó nunca su carácter sobrenatural, otorgado desde su ordenación. Hizo de su sacerdocio un apostolado permanente. Y no dejó de apreciar ningún, absolutamente ningún, elemento de su vida, de manera sobrenatural, in persona Christi. Era un hombre sobrenatural. Su magisterio se reparte entre sus obras escritas y sus enseñanzas –o más bien conversaciones o reuniones, la mayor parte de ellas en su propia casa- Su obra escrita se condensa en alrededor de 10 libros publicados, más de 50 artículos en revistas españolas, chilenas, argentinas, entre otras partes del mundo. Pero sin embargo, esta obra escrita representa, según sus discípulos cuentan, sólo la punta del iceberg de un magisterio inmenso, no tanto por su extensión como por cuanto su profundidad.
No enseño nunca cosa alguna sin haberlo pensado mucho anteriormente. Cada palabra que dirigió a sus discípulos estaban llenas de reflexión, de una reflexión profunda, no sólo de una inteligencia sobresaliente, sino que también auxiliada por una inmensa compenetración con el Evangelio, y enriquecida por la enorme reflexión de Santo Tomás y por la sólida tradición de la Iglesia Católica. Cuando hablaba, hablaba no sólo el hombre, sino que, detrás suyo, la Tradición, el Magisterio y la asistencia de la gracia que acompaña a todo sacerdote de Cristo. Toda su enseñanza estaba fundada en una oración permanente, en la renovación del Sacrificio de la Cruz que realizaba todos los días en su casa y en un ascético comportamiento frente a la vida.
Es por esta razón que para describir al Padre Lira, vamos a utilizar sus mismas palabras, tomadas de entrevistas que dio a diferentes medios de comunicación, periódicos, o frases que sus mismos discípulos han guardado en su memoria y en sus corazones.
Luis Osvaldo Lira Pérez, nació el 11 de Febrero de 1904. Ese mismo día fue bautizado en la Parroquia Santa Ana, hecho que para él significaba algo sobrenatural, pues repetía con orgullo que ese día había nacido a las dos vidas, a la vida temporal y la vida de la gracia.
Fue criado en una familia donde el catolicismo no sólo se predicaba, sino también donde se practicaba. Su padre, don Luis Lira Luco, era tesorero de una institución que administraba hospitales y asilos. Su madre, doña María Cristina Pérez Valdés, le transmitió el valor de la piedad y la importancia de la coherencia entre su credo y su vida.
Hizo su Primera Comunión en la Gruta de Lourdes, el 8 de Diciembre de 1911. Con alegría recodaba este magno acontecimiento: “Cuando yo tenia 7 años, y la hice entre mi padre y mi madre. Los tres comulgamos juntos” Se educó en el colegio de los Sagrados Corazones (Ordinariamente llamados “Padres Franceses”), donde deslumbró por su inteligencia a temprana edad siendo siempre el primer alumno de la clase.
Su vocación fue descubierta en su propia casa. Fue despertada en su familia, cuando sólo tenía 15 años, y cursaba 5º año de Humanidades. Sus padres pensaban que lo correcto era que fuese a la Universidad, y así, además, madurar más su vocación.
Así lo hizo. A los 16 años entró a la universidad, estudió un año de Derecho y otro año de Ingeniería en la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Pero su llamado irrumpió en medio de sus estudios, y sin más Consagró su vida a la congregación de los Sagrados Corazones, entrando el Noviciado el año 1922, a sus 18 años. En su paso por el noviciado, nuevamente sobresalió por su inteligencia. Fue allí donde conoció la filosofía de Santo Tomás de Aquino, de la bebería durante toda su vida intelectual, como filósofo y como teólogo.
A los 24 años, 6 años después de ingresar al Noviciado, recibe la ordenación sacerdotal. Con este hecho se sintetizó lo que se había anunciado toda su infancia y adolescencia: la unidad de la vida natural con la vida sobrenatural.
Como sacerdote intentó incansablemente ser alter Christus. Fue un gran instrumento de conversión entre sus mismos alumnos, amigos, y personas cercanas a él. Un gran promotor de la vida sacramental. El Bautismo significaba para él una misión. La Renovación del Sacrificio de Cristo acaparaba gran parte de su celo apostólico. Dirigía grupos de formación en su propia casa, lectura espiritual –especialmente poesía mística, San Juan de la Cruz y la Sagrada Escritura, además de grupos de estudio de la filosofía de Santo Tomás de Aquino-. Otro hecho crucial en la vida del Padre Osvaldo fue España. Fue un gran defensor del tradicionalismo hispánico, el que conoció en su primer viaje a España. Allá vivió 12 años, de los que el mismo Padre señala: “allá me encontré a mi mismo, y pasé –sin hostilidades- los mejores años de mi vida”, conoció a diversas personalidades del mundo intelectual, pero fundamentalmente la obra de Vázquez de Mella, de quién conoció la filosofía política.
A su regreso a Chile vuelve a Valparaíso, haciendo clases de Derecho y Filosofía, hasta que en 1957 ingresó como profesor a la Universidad Católica de Santiago, en la que más tarde dictaría clases de Metafísica (Ontología), y Estética. Fue un gran profesor, amigo de sus alumnos, pero sobre todo, un gran maestro.
Su pensamiento filosófico puede resumirse en dos vertientes, una proveniente de la filosofía teorética y otra de la filosofía práctica: la metafísica y la filosofía política. La primera, desde luego de la mano de Santo Tomás de Aquino, la segunda, de la tradición política que recoge Vázquez de Mella.
Con respecto al tomismo, el Padre se definía como: “desesperada y exasperadamente tomista”, y lo hacía por dos razones: 1) por que la autoridad de Santo Tomás procede de la Santa Sede y 2) porque el tomismo da respuesta a todas las preguntas que una persona puede tener durante toda su vida; y se puede extender una tercera, y es que el tomismo es la única filosofía que puede vivirse plenamente y al mismo tiempo ser plenamente persona. No así con otras filosofías. Y el Padre increpaba a comprobarlo mediante el siguiente ejemplo: preguntarle a un kantiano que esté conversando con otra persona, si realmente cree que esa persona, su interlocutor, es una forma sintética a priori suya. Culminaba diciendo que la filosofía no es una simple pirueta intelectual.
Tuvo un accidente de tránsito. Un choque, en el que viajaba de copiloto, del que salio herido sin mayor gravedad. Pero sufría de diabetes, la que se agudizó hacia el final de su vida. Fue llamado a la presencia de Dios el 20 de Diciembre de 1996, a los 92 años de edad.
El Padre Lira fue un hombre sobrenatural. Por esa razón fue un hombre incomprensible para muchos hombres materialistas, y para otros no tanto. Porque el Padre Osvaldo fue un hombre polémico, intenso e impulsivo. Al final de su vida él mismo sostuvo: “uno puede arrepentirse de haber hablado, pero nunca de haber callado”, y reconoció que muchas veces faltó a la prudencia en pro de la verdad, pero que después de largas reflexiones, y de contemplar su propia vida, sostuvo que pese a que la verdad no se tranza jamás, muchas veces conviene callar, para no herir susceptibilidades de aquellos que aún no admiran la valentía como debe ser.
Fue un hombre profundamente obediente, pero con esa obediencia de aquél hijo del Evangelio, que le dijo a su Padre que no iba a ir a revisar la viña y sin embargo fue. Discrepó, pero nunca se reveló, por ejemplo, contra la autoridad eclesiástica. No escondió nunca su enemiga al Concilio Vaticano II. Decía que aquello que no era dogma, había que borrarlo de un plumazo, porque lo podría haber escrito el más “pintado” de los liberales. Con respecto a la Misa, que era donde más habían dificultades interpretativas para él, decía que “el rito juega un papel fundamental en la vida del cristiano”, y por eso celebró la Misa Tridentina en su casa particular todos los días de su vida. Su amor por la lengua latina, por el uso de la sotana, por la música sacra, por el resguardo de los signos tradicionales se fundamentaban en una simple frase, pero llena de significado: “a nosotros [los hombres] la grandeza nos entra por los ojos”, a la que se le puede añadir: “no somos espíritus, somos espirituales, que son cosas muy distintas”.